Yo conocí a un joven combatiente. Palabras de un compañero de Universidad de Eduardo Vergara Toledo

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Eduardo mientras daba un discurso ante sus compañeros de Universidad

 

Conocí a Eduardo en 1982 y, si bien no fuimos amigos, compartimos una experiencia de ingreso a la educación superior, siendo parte de un abigarrado grupo de mechones que hacía su entrada a la carrera de Historia y Geografía. El engendro conocido como Academia Superior de Ciencias Pedagógicas, fue la nueva denominación jurídica que recibió la amalgama de pedagogías amputadas a la Universidad de Chile a fines de 1980, a lo que se sumó la pérdida del carácter nacional de dicha Universidad. Todo ello, en el marco de la brutal aplicación de la Ley General de Universidades.
Ahí vi por primera vez al Eduardo, con la sonrisa que lo caracterizaba, con su caminar pausado, su disposición a conversar y a discutir, su franqueza exenta de mala intensión pero repleta de urgencia.
No era fácil ‘bancarse’ el Pedagógico de principios de los ’80. Era lo más parecido a un fundo, controlado por el primer rector de la Academia, Fernando González Celis: un ‘brillante’ y joven prospecto de técnico agrícola, extraído desde la zona ‘huasa’ de Chile y puesto a la cabeza de esta ‘nueva’ institución para curarla del ‘cáncer marxista’. El mentado jerarca solía pasearse por el campus con aires de latifundista, rodeado de una suerte de guardia pretoriana uniformada de azul y armada de bastones.
El campus Macul fue rebautizado como Campus Lircay, aludiendo abiertamente a la batalla que marcó el inicio del orden conservador en Chile en el siglo XIX. El afán refundacional se dejaba ver en los aspectos más mínimos, desde la agenda estudiantil que intentaba borrar cualquier alusión de pertenencia a la Universidad de Chile, hasta los edificios pintados de un blanco obsceno, con la explícita prohibición de rayarlos o de usarlos para difundir cualquier actividad. Qué decir de la organización estudiantil: total extirpación de los antiguos centros de alumnos o cualquier organización por carrera y la canalización de los intereses estudiantiles a través de lo que se conoció como ’asociaciones estudiantiles’, que promovían la organización transversal de los estudiantes por intereses comunes: asociaciones deportivas, artísticas, musicales, etc, directamente controladas por la autoridad.
Lugar aparte merecía la actividad política: ni hablar de las posibilidades de desarrollar actividades abiertas de carácter político, social o que promoviera formas organizacionales distintas a las planteadas por la autoridad: algunos estudiantes que se reunían en los pastos del Peda eran rápidamente identificados por los guardias, fotografiados, el pasto era anegado por unas gruesas mangueras contra incendio que estaban permanentemente desplegadas para su uso y que periódicamente también, eran rotas por estudiantes de artes. Represión permanente, vigilancia y seguimiento dentro y fuera del campus, amedrentamiento y amenazas, eran el pan de cada día para quienes intentaran siquiera oponerse al nuevo orden.
Fue obviamente, el caso del Eduardo. El ‘pelao’ Vergara no se dejó avasallar ni intimidar. En un espacio como el descrito, no demoró en mostrarse como un dirigente estudiantil que reivindicaba la necesidad de confrontar al orden existente. Lo hizo siempre mostrando una valentía que pudo haber sido calificada como temeraria, que era de una simpleza que hoy podríamos catalogar de pedagógica, sin el hablar difícil de algunos, llana como la condición de él mismo como poblador, pero cuya certeza y evidencia era incontrarrestable. Le enrostró en más de una oportunidad, su condición de esbirros a los represores, no les mostró nunca miedo (…y pucha que abundaba el miedo en ese campus), demostrando que el cálculo político no era lo suyo, que lo suyo era la imperiosa necesidad de hacer algo para cambiar el estado de cosas de ese momento.
Claro que era radical su postura, como lo era la de la UNED (Unión de Estudiantes Democráticos), el referente político – social que en ese tiempo canalizó la organización de algunos de los estudiantes más radicales y que se mostraba abiertamente cuando muy pocos más lo hacían. El Eduardo se colocó de manera natural, a la cabeza de la UNED.
En esos dos años, Eduardo fue un referente cotidiano de cada actividad emprendida al interior o fuera del Peda; en los cuchareos organizados en el casino de estudiantes –generalmente destinados a denunciar la represión y el maltrato del que éramos víctimas, en las actividades culturales de conmemoración de alguna fecha importante (1° de mayo, natalicio de Allende, Día Internacional de la Mujer). En cada uno de esos eventos, la voz y el estímulo del pelao se hacían escuchar.
Recuerdo que al año siguiente de nuestro ingreso, en 1983, se realizó la recepción de los mechones y el Eduardo estuvo dispuesto a agarrarse a combos por evitar la humillación y la violencia que amenazaba caer sobre los estudiantes de primer año. Para mí y para otros como yo, ello demostraba la profunda convicción que orientaban sus actos. Él, como muchos de nosotros, resultábamos ser los hijos no deseados de un sistema que buscaba perpetuarse a sangre y fuego y que encontraba en los que habíamos crecido en dictadura a su principal escollo. Pero, sin duda alguna, lo

del Eduardo era mayor: una más alta conciencia acerca de lo que vivíamos y una decisión inquebrantable de llegar hasta el final, así ello se reflejara en el sacrificio mayor. Había algo de esa raíz cristiano – popular que tenía lugar en sus propias reflexiones y que de algún modo compartíamos, que nos mostraba el Cristo humano y cercano al pueblo pobre del cual Eduardo Vergara era un ejemplo. El cristiano comprometido da testimonio, enuncia y denuncia la injusticia, encadena su suerte a la suerte de los sometidos y atropellados y desde allí se levanta para luchar.

Sin duda, el pelao no estaba buscando que lo mataran, no tenía afanes de trascendencia. Su recorrido como dirigente estudiantil, la lucha frontal contra la represión interna en el Pedagógico, su huelga de hambre exigiendo el término de las sanciones en la universidad, su liderazgo callejero que le plantaba cara a los pacos, todo ello fue su aprendizaje para opciones mayores. Se trataba más bien de una búsqueda por transitar del martirio pasivo propio de la izquierda tradicional e histórica, a una nueva concepción del luchador social que, a partir de las circunstancias tremendas en las cuales vivía nuestra sociedad, asumía con convicción la dignidad del combatiente. Se podía terminar igual que el mártir, muerto como él, pero dejando atrás la idea de que esa muerte fuera el camino inevitable y además, plantándole cara al verdugo, en una conducta de confrontación y de lucha de un signo distinto al tradicional.
Recuerdo la primera protesta nacional, convocada por el Comando de Trabajadores, a inicios del año 1983. Para muchos, constituyó la primera movilización callejera, el atrevimiento de ocupar la calle y de manifestar en público nuestro rechazo al régimen. Un grupo de estudiantes del Pedagógico marchó internamente y luego salió a Avenida Grecia, por el portón que existía a un costado del Departamento de Matemáticas y en medio de ese bandejón central, nos unimos a los estudiantes de artes y ciencias de la Universidad de Chile. Cortamos el tránsito, desplegamos lienzos y nos sentamos en medio de la calle. Después de un rato, desde Grecia con Macul y ocupando el bandejón central, un bus de pacos de los antiguos, Mercedes Benz, con un vidrio frontal muy extenso, arremetió contra la manifestación. Recuerdo que la gente comenzó a correr y algunos –con más intuición que conocimiento real-, intentamos hacer la cobertura y proteger a quienes intentaban refugiarse en la antigua Biblioteca Central de la U de Chile. El comentario del pelao fue: ¡mira, mira, mira, los vidrios no tienen protección! quienes estábamos con él entendimos el mensaje y como un solo brazo apedreamos al bus para luego correr y refugiarnos en la biblioteca. Eduardo fue el último en ingresar, cerrándole la puerta en la cara al primer paco que nos seguía.
¿Cómo no pensar en ese gesto como un gran acto de amor hacia los demás?, ¿cómo no pensar su propia muerte como lo mismo? Hoy sabemos que su asesinato estuvo lejos del enfrentamiento que nos pintó el régimen en su momento, pero estoy seguro que su última acción fue proteger a Rafael. Esa generosidad constituye un valor, que sólo emerge desde las convicciones. Es el valor que nos dice que nosotros no existimos por nosotros mismos, sino en comunidad, para construir una sociedad diferente, en beneficio de tantos y tantas que han sido excluidos.
El propio Eduardo no habría sido capaz de dimensionar el impacto de su asesinato y el de Rafael, menos que éste se fuera a constituir en un hito para las nuevas generaciones. También ello puede resultar inexplicable para quienes hoy administran el poder y su acto reflejo o su acción aprehendida es desconocer la legitimidad y el lazo que une a los jóvenes combatientes de los años ’80, con quienes los reivindican en el presente.
La inconformidad, el descontento y la rabia han sobrevivido a la ‘llegada de la alegría’ y a los efectos narcóticos de una transición pactada que no tradujo en el cumplimiento ni tan siquiera parcial de las reivindicaciones del movimiento social y de los grupos políticos que asumieron de manera más radical la lucha contra la dictadura. A tal punto que, la lucha de los sectores más radicales fue presentada como una amenaza a la democracia y no como lo que fue a creencia de muchos: una contribución efectiva a minar las bases de la dictadura, en vínculo con la lucha social general.
No resulta casual por tanto, que los revenidos en ‘liberales democráticos’, no sólo se hayan jugado a fondo por eliminar la supuesta amenaza que entrañaba la sobrevivencia de grupos que habían hecho una opción por la lucha militar contra la dictadura, sino que identificaran también como una amenaza el sostenimiento de reivindicaciones históricas del movimiento social antidictatorial. Por lo tanto, no sólo había que reprimir a la ultra, sino que había que desmovilizar a la gente
En ese contexto, puede ser parcialmente cierto que la memoria histórico – social de los jóvenes que se convocan en estas fechas se presente fragmentada o dispersa. Que algunos e incluso muchos, desconozcan qué hizo y quién fue Eduardo Vergara Toledo, pero los cuadros tétricos que la prensa obsecuente se encarga de mostrar todos los años, son la demostración que existirán jóvenes combatientes, en la medida que subsistan y se evidencien las razones para combatir. El Eduardo no habría dudado de ello, porque lo hizo cuando pocos se atrevían a hacerlo y cuando el costo definitivo a pagar al asumir ese compromiso era la vida, ni más ni menos.

 

Aparecido en la tercera edición de «El Anárquico»

 

 

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