Donald Trump y la decadencia social.

Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia.

A.huxley

Digamos que, al igual que muchxs que siguieron las elecciones presidenciales de Estados Unidos, me vi bastante sorprendido con los resultados de estas mismas que llevaron al candidato republicano Donald Trump a la casa blanca. Es verdad, pensé que se iba a repetir el mismo cuento que se viene repitiendo en las últimas elecciones a escala mundial, donde la democracia representativa con su discurso de centralidad y tolerancia iba a salir vencedora con los candidatos que representaran esa postura política. Hillary Clinton, perteneciente al partido Demócrata y además utilizando el arma populista de ser mujer (tal como lo hizo Obama por ser afroamericano), era la favorita tanto de la prensa como de las encuestas, eso sin nombrar los escándalos de abuso sexual y las declaraciones de Trump que lo convertían en un detestable y poco serio candidato al sillón presidencial.

Pero no, la realidad es que, este candidato conservador, más allá de sus excéntricas declaraciones racistas, machistas y xenofóbicas, despertaba simpatía en una gran parte de la población norteamericana. Pero si uno hace el ejercicio de reflexionar socialmente lo que está pasando con el país más poderoso del mundo, se da cuenta que estos resultados no son nada sorpresivos.

La verdad es que Estados Unidos es un país inmerso en la cultura y la ideología capitalista. A través de su historia son conocidas las épocas donde el racismo y la xenofobia se han tomado la opinión de una amplia mayoría y han cometido diversos crímenes en contra de las comunidades que ellxs han considerado “inferiores”. Eso, sin nombrar el discurso anticomunista muy difundido en la llamada Guerra Fría, que hizo de ese país un paraíso perfecto como trinchera del sistema global y sus prácticas criminales de invasión a otros países, con la indiferencia o simpatía de una amplia población.

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Estados Unidos es el centro de funcionamiento del capitalismo de una gran parte del mundo occidental, y dada esa estabilidad social, el Neoliberalismo tiene un espacio privilegiado para difundir su discurso cultural e ideológico, promoviendo las necesidades y comodidades materiales como prioridad en la población.  En otras palabras, socialmente Norteamérica está carcomida por la ideología capitalista, tomándose además de la prensa, los programas televisivos donde muestran una paupérrima condición cultural fruto de esta ideología. En estas condiciones, la práctica política es un devenir de candidatos de dos coaliciones monopólicas sin diferencia alguna más allá de los debates y los discursos, donde el nacionalismo republicano o el progresismo demócrata tienen cabida al momento de invadir, saquear o intervenir en el extranjero.

Esta constante en el debate político norteamericano es posible gracias a esa pasividad social fruto del capitalismo y su ideología dominante, donde si bien existen resistencias varias, el gran conglomerado social se posiciona con el sistema y defiende sus prioridades materiales antes de poner en cuestionamiento esa vida acomodada fruto del robo de siglos a economías dependientes. En ese contexto, de sobrevaloración a la vida material, las practicas racistas y xenofóbicas son bienvenidas cada vez que se necesita culpar a otrxs por los conflictos producidos de la miseria que engendra el capitalismo, y más allá de las repudiables experiencias del pasado, hoy en día un candidato empresarial, excéntrico, racista y abusador encuentra una simpatía entre un número no menor de adherentes.

En conclusión, desde una perspectiva histórica, el capitalismo jamás le ha hecho asco a las prácticas y discursos racistas y xenofóbicos. Cada vez que se ha necesitado, han nacido caudillos con este tipo de insultos hacia comunidades diferentes a ellxs y se han conformado grupos que pregonan la violencia hacia personas distintas de color, sexo, raza u otra diferencia. Lo que tenemos que entender es que en un sistema donde la valorización de lo material está por sobre lo humano, cualquier ideología o posición política les sirve en un momento determinado en el cual está más avanzado o no el conflicto. Por lo tanto, democracia y dictadura, líder progresista o conservador, tolerante o intransigente, van a ser siempre dos lados de la moneda que en un momento histórico van a servir al poder para mantener la estabilidad social y la dominación.

La situación de Chile no es muy distinta a la norteamericana, por mucho que se espanten los demócratas y progresistas con esta situación. Consideremos este país en ruta hacia una monopolización ideológica del capitalismo a escala social. Chile es uno de los países que se impuso el modelo Neoliberal con una cruel Dictadura Militar y prácticas de tortura para sembrar el miedo social. El liberalismo capitalista se impuso sobre los cambios sociales hechos por gobiernos anteriores (dada la presión del movimiento social) y ya en la década de los ’80 la difusión cultural e ideológica de este modelo mercantil comenzó a difundirse de forma masiva. La vida basada en comodidades alcanzadas a través de la deuda, la indiferencia a los conflictos sociales, la sobrevaloración del trabajo apatronado,  el discurso-opinión monopolizador de los medios, los espacios de comercio, malls y la práctica del consumo como manera de sobrellevar los ratos libres son aspectos esenciales del capitalismo para controlar las mentalidades y tener a la sociedad carcomida en la alienación colectiva. Y en este contexto, las justificaciones racistas, machistas y xenofóbicas nacen cada vez que hay que echarle la culpa a otrxs.

Si tanto nos trauma la personalidad de Trump, pongámonos a pensar que en este país puede haber muchos Trump si comenzamos a nombrar las polémicas declaraciones del magnate republicano. Comenzando por que Chile tiene una larga tradición nacionalista con mucho apego social, que en reiteradas épocas históricas ha servido como escudo para esconder a los verdaderos culpables de la miseria engendrada del capital. Es cosa de ir a ver un partido de la selección y darse cuenta de los insultos xenofóbicos y racistas del chilenito promedio contra sus países vecinos u otros extranjeros, o vaya a darse una vuelta por las ferias o sitios populares donde abunda el inmigrante peruano o haitiano para ver y escuchar la opinión que tienen muchxs de la llegada de estas comunidades en busca de mayores oportunidades económicas.

Por otro lado, el machismo en este país es un brote molesto que sale cada vez que grupos feministas denuncian algún abuso o hacen alguna marcha masiva, denostando a través del insulto o la burla las demandas de muchas mujeres, a través de una pseudo defensa intelectual del machismo (el clásico argumento igualitarista) o la burla hacia situaciones de conmoción tal como la brutal violación sufrida por una menor en Argentina hace poco. En el conflicto mapuche también se puede percibir ese racismo aprendido de los patrones de fundo, donde el “indio flojo” es el apelativo preferido para denostar el conflicto en el sur.

Digamos las cosas como son, el capitalismo tiene espacio para todxs los que buscan perpetuar su existencia sean de uno u otro lado,  y esa cultura que monopoliza las mentalidades es la piedra angular de esta derrota permanente. Así que racistas, excéntricos, abusadores, existirán siempre que el sistema logre perpetuarse y tengan a una población dispuesta a defenderos.

Por I.S

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